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EL TEMPERAMENTO
- J. TUTUSAUS
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La constitución somática, el temperamento y la
inteligencia constituyen el substrato de la personalidad porque son
elementos que se heredan, según afirma Gordon W. Allport.
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Desde antiguo se considera al temperamento como la
resultante del predominio o equilibrio de los cuatro principales
constitutivos de la personalidad humana (cuerpo -esencia-, alma
-psique-, sentimiento -movimiento, vida- y mente -sustancia-).
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Kretschmer, Sigaud, Allendy, Carton, Corman y otros
autores, en sus estudios morfológicos, han subrayado las correlaciones
psicofísicas. Sean cuales fueren los términos por ellos empleados,
todos clasifican a los hombres en fuertes y débiles. La reacción del
fuerte no es tan sólo una reacción de carácter, sino del cuerpo, una
exaltación de la vitalidad (P. Tournier).
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La doctora Stella Chess, profesora de psiquiatría
infantil en el centro médico de la Universidad de Nueva York, ha
estudiado, junto con su esposo Alexander Thomas, el "temperamento
biológico natural", para comprobar si la propia naturaleza del niño
reacciona con el ambiente para producir la personalidad. La revelación
principal de sus trabajos puso de manifiesto que la biología heredada
(temperamento, naturaleza, constitución y rasgos innatos) son el
factor más importante de la personalidad. La Dra. Chess comprobó que
la naturaleza básica del niño, vista a partir de su nacimiento, dicta,
a menudo, su conducta, y añade: "Si no se toma en cuenta el
temperamento del niño, el maestro, el psicólogo y hasta los padres,
pueden cometer equivocación en su crianza". Abundando sobre los
factores hereditarios, el Dr. Cerdá, en Una Psicología de hoy,
dice: "La emotividad, la persistencia, la actividad o la adinamia,
están en parte relacionados con los factores hereditarios".
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La constitución psicosomática individual provee un
material constructivo sólido y permanente que siempre conserva una
característica fundamental inmutable y expresa la funcionalidad del
ser y las causas de su comportamiento, resultantes de la
herencia, en su doble punto de vista cinemático y dinámico. Por ello,
Gross puede decir: "La personalidad aparece como una tendencia dada
por la naturaleza que se revela a medida que reacciona con el
ambiente". Incluso un moderno y bien conocido psicólogo factorialista
como Cattell llega a decir: "En los casos ideales, a cada cualidad en
el sentido del análisis factorial corresponde una base biológica
irreductible".
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A pesar de todo lo dicho, es curioso que el pensamiento
marxista no admite una determinación hereditaria porque considera que
el hombre es el producto de las condiciones socioeconómicas. Tampoco
los liberales admiten el determinismo hereditario o el "fatum"
del temperamento, porque les parece que limita la libertad humana.
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Después de todo lo dicho, es posible ya avanzar una
definición de lo que puede entenderse por temperamento, y ello en base
a lo que indican los siguientes autores:
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Gordon W. Allport define así el temperamento: "El
temperamento está constituido por el conjunto de fenómenos
característicos de naturaleza emocional de un individuo, entre los
que se cuentan la sensibilidad a la estimulación emocional, su
intensidad y velocidad de la respuesta habitual, su estado de humor
preponderante y sus fluctuaciones, la susceptibilidad, etc.,
dependientes de la estructura constitucional heredada".
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Para Corman, el temperamento expresa aquí las aptitudes
nativas y, en particular, el equilibrio entre las fuerzas de
expansión y las de conservación que, desde el nacimiento, regulará la
evolución del individuo.
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P. Brosson afirma que "el temperamento es un estado
dinámico variable compuesto de energías físicas, bioquímicas y
psíquicas, cuyo conjunto determina el ritmo vital propio de cada
individuo, es decir, el comportamiento de su vitalidad".
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El temperamento se elabora en primer término alrededor
de la afectividad y depende de un regulador nervioso, el tálamo
situado en la base del cerebro, el cual, asimismo, regula las
glándulas de secreción interna o constitución bioquímica, que pone de
manifiesto disfunciones de los sistemas nervioso simpático y
parasimpático, saturadas de una cualidad emocional constante que se
mantiene casi invariable a lo largo de toda la vida. Cuando la corteza
cerebral está perturbada aparece más pronto la emotividad y los
sufrimientos. El individuo está sujeto a pulsiones, cóleras y
agresividad.
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La emotividad es la desproporción entre la importancia
objetiva de un suceso cualquiera y la reacción afectiva con que
responde el individuo.
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Para Max Pulver las predisposiciones temperamentales
fundamentales son las siguientes:
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a) La vida sensible y afectiva; ritmo de los afectos.
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b) Ritmo e intensidad psíquica.
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c) Fundamentos de la actividad.
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d) Propiedades afectivas.
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e) Reactividad.
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f) Inclinaciones múltiples del impulso del Yo
(retención, defensa, etc.).
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g) Reacciones autoconservativas (egoísmo, etc.).
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h) Sensualidad. Impulsos sexuales.
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i) Impulso de dominación (avasallamiento, amor propio,
etc.).
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Los procesos emotivos y cognitivos se fusionan en la
personalidad formando un impulso integral movido por una energía que
puede polarizarse, dispersarse o dirigirse hacia algo que le sirve de
satisfacción o la consecución de un fin. Hay impulsos que se orientan
hacia el Yo o se alejan del Yo.
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La sensibilidad es medida por la emotividad ante la
conmoción del psiquismo y, sea la fuente de la conmoción interna o
externa, es particularmente viva ante las frustraciones. La
sensibilidad recibe o percibe los choques fisiológicos, afectivos y
mentales generando y liberando una suma de energía que se traduce en
emotividad. La sensibilidad es una fuerza si es dominada por el
sujeto, pero es una debilidad si domina al sujeto; así la sensibilidad
del emotivo queda reducida a cuanto concierne a él mismo. Es decir, el
emotivo es un "sensible subjetivo".
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De la sensibilidad y la emotividad se derivan
igualmente los sentimientos. El placer y el desagrado son la
síntesis del sentimiento humano. El sentimiento está estrechamente
unido al inconsciente, del que surgen las emociones que lo estimulan
igualmente, así como reacciones que se proyectan hacia el exterior
para realizarse, obedeciendo a las leyes del disfrute o búsqueda del
placer.
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El temperamento (emociones, sensibilidad, sentimiento e
impulsos) está en relación directa con la personalidad; es decir, el
temperamento fisiológico difícilmente puede separarse de la
personalidad mental. También lo adquirido, aparte de lo heredado,
tiende a conformar las células cerebrales. En fin, tanto lo innato
como lo adquirido tienen, pues, un origen cerebral.
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Toda cualidad adquirida o característica desarrollada
está inevitablemente contenida en germen en las predisposiciones
temperamentales. El desarrollo de las características germinales o
de las predisposiciones fundamentales puede ser logrado (social) o
malogrado (asocial). Las predisposiciones fundamentales o
temperamentales son ambivalentes, mientras que las propiedades o
características psíquicas, tales como la simpatía, los celos, la
constancia, etc., tienen, pues, una orientación social positiva o
negativa (antipatía, etc.).
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Hoy en día, se sabe que la personalidad está en gran
parte condicionada por el temperamento, pero es preciso que la
genética, la bioquímica, la neurofisiología y la endocrinología
progresen aún más para conocer las verdaderas causas de las formas de
comportamiento temperamentales.
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Jerónimo Moretti, el pionero de la escuela de grafología
italiana, es extraordinariamente innatista y da poca importancia al
factor ambiental; todo lo atribuye al comportamiento psicosomático y,
por ende, al gesto grafoescritural, por lo que llega a decir lo
siguiente: "Me refiero a tendencias innatas, porque las tendencias
modificadas no se revelan por medio de la grafología. (...) Puedo decir
con extensa experiencia experimental que la base innata permanece
siempre. Es cierto que la grafología entreve el contraste nacido de la
educación, pero descubre que tal contraste emerge de la
predisposición".
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La razón por la cual cada letra es ligeramente, pero
siempre, diferente en forma y dimensión, se debe a que el sistema
neurovegetativo está en continua fluctuación, ya sea por sensaciones
mínimas internas, o bien por impulsos emotivos de mínima cantidad, casi
inadvertidos, pero que tienen incidencia sobre nuestro sistema nervioso.
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