EL MISTERIO DE LA VOLUNTAD PERDIDA

 

J. TUTUSAUS

BOLETÍN NÚMERO 20, Primer semestre 1998

 

En el libro del mismo título del filósofo y psicólogo José Antonio Marina, al autor se pregunta ¿por qué ha desaparecido el concepto de voluntad de los libros de Psicología? La pregunta se contesta por el hecho de que se ha sustituido voluntad por motivación gracias al extendido dogma de “libertad sin voluntad”.

Los psicólogos modernos son reacios a usar palabras como “intención”, “volición”, “voluntad” (“will”), ”autodisciplina”, “compromiso” y “responsabilidad”, y, además, por consiguiente, se defiende un yo fragmentario, inconexo e intermitente porque se prescinde de una voluntad “unifícadora”. La mayoría de los psicólogos cognitivos se ha sumado a la acción contra la voluntad libre. El énfasis dado a la libertad por nuestra cultura ha llevado al desprecio de la voluntad.

Sartre, por ejemplo, afirmaba: “La base de la vida moral debe ser la espontaneidad, la inmediatez y lo irreflexivo”. Horney asevera: “La auto-imposición es un síntoma de neurosis, lo que equivale a decir que sólo la libre gratificación de los impulsos es recomendable y contribuirá a crear una sociedad sana”(?). 

Debido a parecidas posiciones como las enunciadas, Lipovetsky llega a la siguiente conclusión: ”el esfuerzo ya no está de moda; todo lo que supone sujección o disciplina se ha desvalorizado en beneficio del culto al deseo y su justificación inmediata. Así pués, se fomenta la “debilidad de la voluntad” y la anarquía de tendencias y, correlativamente, la pérdida del centro de gravedad que lo jerarquice todo”.

La ciencia ha sustituido la voluntad por un sistema determinista, dando lugar a la motivación para explicar la conductas: nadie es responsable porque nadie es libre de hacer otra cosa que aquello que se hace en respuesta a una situacíón determinada (Maher,1970). Por tanto, si el sujeto aparece dirigido por fuerzas externas, no puede ser responsable de sus actos y tan solo puede sobrevivir mediante la huida del compromiso emocional ... o busca compromisos sin vínculos. Al ocaso de la voluntad hay que unir el ocaso de la promesa.

Las teorías de la motivación se han convertido en la explicación de la conducta aunque dejan sin explicar el paso del mundo exterior a la cognición, el paso de los deseos a la intención y el paso desde la intención a la acción.       

Las principales motivaciones pueden ser: sistemas de hábitos, sistemas de creencias, tendencias, ”concupiscencias”, el afán de éxito, la aversión, la evitación de daño, la conducta protectora, la autoafirmación, la afiliación, la autonomía, la oposición, los móviles, etc.     

En los motivos o motivaciones, hay un notable componente sentimental puesto que el comportamiento o conducta está dirigido por dos sistemas: el sentimental y el motivacional.

El sujeto efectúa en cada momento una evaluación sentimental o un atemperamento de la realidad. Cada motivación va acompañada de algún sentimiento y una tendencia a perseverar. Según Malebranche, “el deseo está animado por el amor, fortificado por la esperanza y aumentado por la alegría”. La tendencia a “perseverar” puede traducirse en “hábitos de querer” (se quiere lo que se busca), “interés en hacer algo” (algo que dé sentido a la vida). La estructura de los motivos no está biológicamente determinada, sino que, en buena parte, se aprende (Kuhl).

El interés en conseguir algo implica, además, la existencia de una meta, fin u objetivo. La meta es la intención dirigida por un motivo (impulso inicial) y una motivación (impulso final). Sin motivos no hay meta. Los motivos tienen su satisfacción en experiencias consumatorias, soportando el esfuerzo con tal de alcanzar la recompensa.

La fuerza motivadora del comportamiento debe contener: el sentimiento del deber, la regulación de la autonomía de acuerdo con las normas sociales y un fuerte nexo con metamotivos o programa de nivel superior.

El papel de las emociones es importantísimo; el estilo sentimental emerge de nuestra personalidad entera, confundiéndose semánticamente con rasgos del carácter. Las emociones realizan la transición entre los estados motivacionales y la selección de un repertorio de planes y metas. El motivo y la motivación contienen impulsos afectivos imposibles de separar de la voluntad porque la desnaturalizarían.   

El impulso sin la razón es ciego y la razón sin impulsos es paralítica. Asimismo, la acción voluntaria emerge del control de la impulsividad que es el cortocircuito entre la motivación y la acción y que excluye la deliberación. Los comportamientos delictivos tienen su origen en una inadecuada reflexión. Hay, pues, ideas motrices o motivaciones exentas de deliberación. La finalidad de la educación es incrementar el autodominio de la conducta (Dewey) de lo que, según Kanfer, se deriva, igualmente, un “control de la acción”: autocontrol, autoobservación, autorreforzamiento y facilidad para “aplazar la recompensa”. El control de la conducta consiste en mantener estable el propio plan aunque las circunstancias exteriores cambien.

Kagan, prestigioso investigador del temperamento humano señala: "La naturaleza de la sociedad moderna ha persuadido a muchos de que tenemos poco control sobre actos que nuestros abuelos creían que podían controlar".  

La acción, que es el impulso sometido al proceso de deliberación, es un aspecto del esfuerzo (Tomás de Aquino). El autor de este libro indica enfáticamente que “nuestra salvación está en crear nuevos hábitos y eso se consigue mediante la acción” .

La acción conlleva la necesidad de la eficacia, el sentido de la competencia y la capacidad de controlar los acontecimientos. LAS ENERGÍAS ALCANZAN SU EFICACIA CUANDO SURGE UNA META.

Nada influye más en la vida de una persona que la idea que tenga sobre su propia eficacia (Bandura). Las personas que sienten vivamente el motivo de eficacia persisten más en la tarea, prefieren las responsabilidades, les gusta organizar actividades para obtener información, etc. Éstos tienen una voluntad decidida. De ello se deriva el autoconcepto que, igualmente, puede aumentar o disminuir la motivación.

No se pasa de un estado de inacción a otro de actividad sin varias acciones en curso.

La deliberación precede a la decisión e implica el conocimiento de la situación y de sí mismo, la previsión de las consecuencias, así como la generación de espectativas.    

La decisión tiene por objeto: enumerar estrategias, determinar consecuencias, la valoración comparativa de consecuencias, la definición y la evaluación de alternativas, la agregación de valores, etc. La decisión precede a la ejecución y siempre va acompañada de un estado sentimental puntual en cada momento de la acción decidida.   

La decisión, como rasgo aprendido, consiste en la inhibición de los procesos irrelevantes y la facilitación de los procesos relevantes. Sólo la vacilación, la inseguridad y el miedo ante el futuro y los cambios pueden impedir la conducta autónoma que implica la capacidad decisoria.   

La autonomía del que decide se rige por valores y sentimientos de autoposesión, independencia, autenticidad y fidelidad a uno mismo (Feinberg). La idea que tengamos de nuestra capacidad para ser libres es un componente real de nuestra capacidad de serlo autónomamente.

La inteligencia se añade a la acción, la deliberación y el motivo. Es más un comportamiento que una facultad. La inteligencia (volitiva) impulsa a la búsqueda de la autonomía. La inteligencia encierra la capacidad de dirigir nuestra conducta, nuestra acción y descubrir valores, inventar proyectos y resolver problemas. La inteligencia une el razonamiento, la invención de fines y la tenacidad.

Skinner considera la voluntad, el libre albedrío y la responsabilidad como acientíficos y moralizantes. No obstante, la sociedad está impregnada de moral: los sistemas de derechos u obligaciones, las garantías judiciales, las normas de respeto, los códigos de circulación y urbanidad, etc.

La moral, empero, es un sistema de sentimientos y valores para resolver problemas de convivencia, tiende a forzar el autocontrol y a fijar los contenidos de la acción y los códigos de comportamiento. También contribuye al mantenimiento del esfuerzo, permitiendo vencer el cansancio, las debilidades del incentivo y la “desmoralización”. El mantenimiento del esfuerzo o paciencia es la virtud de continuación ya que se impide que la voluntad se quebrante.

El salto de la moral a la ética impone una reconstrucción de muchos elementos psicológicos tales como la VOLUNTAD y los sentimientos que la acompañan. 

Los fines y metas, objetivos e incentivos constituyen un sistema de valores.

La meta dirige el comportamiento cuando una intención, dirigida por un motivo, se fija en ella. La meta es el modo fundamental de vivir y, además, es la relación entre motivos y valores. Las metas dirigen la conducta y proporcionan un criterio para decidir el esfuerzo que se va a invertir en su consecución. Depende de nuestra convicción para que la conducta se oriente hacia la meta, organizando aspiraciones o motivos innovadores a concretar y unificando tendencias opuestas. La meta del individuo es el desarrollo de la autonomía, la independencia y la confianza en sí mismo y en los demás. Los griegos afirmaban: LA META, QUE ES LO ÚLTIMO EN REALIDAD, ES LO PRIMERO EN LA INTENCIÓN.

Después de lo expuesto, intentaremos exponer lo que es la voluntad:

La voluntad consiste en contraer hábitos de querer (“tener ganas de hacer algo”). De otra forma, la absoluta disponibilidad del sujeto o su desprecio por la coherencia eliminan la responsabilidad y la voluntad. El pensamiento fuerte que busca fundamento objetivo en una conciencia fuerte anima un afán de dominio y cierto grado de fanatismo (Adorno).

Marina, el autor del libro del que efectuamos la presente síntesis, presenta algunas definiciones como sigue:

La voluntad es una habilidad dotada de energía en equilibrio entre el determinismo y la liberación (o entereza y desánimo) construida cultural-mente, transmitida mediante la inculturación, automatizada y utilizada en forma inerte o creadora como capacidad de decidir eficazmente y perseverar en el mantenimiento de la elección.       

La falta de voluntad, igualmente, ilustra sobre el significado y los elementos que interaccionan en el ejercicio de la voluntad.   

La falta de voluntad se suele dar con mayor frecuencia en los “buscadores de emociones”, que, debido a su eterno aburrimiento, la trivialización generalizada, la anulación de sí mismos y del valor del universo, necesitan mucho estímulo (conductas adictivas).

También la baja tolerancia a la frustración es un factor desmotivador de psicasténicos, apáticos, depresivos y desanimados. Existe en estos casos una relajación de los lazos que unifican el Yo, un déficit de los impulsos, temor al futuro y al fracaso o bien anestesia afectiva. 

Pretender educar la fuerza de voluntad es como querer educar la inteligencia y la personalidad entera, mediante el establecimiento de metas a conseguir y el diseño de las tareas a realizar.

 

Conclusión sinóptica del vasto problema de la voluntad:

MOTIVACIÓN: Motivos básicos no del todo deterministas, sistema de sentimientos y/o de inhibición de lo irrelevante y de la inseguridad o temor. Es la simiente del impulso final.

 

INTELIGENCIA / INTENCIÓN (impulso inicial): Invención de proyec-tos, dirección moral del comportamiento y evaluación y cálculo de un programa superior.

 

DELIBERACIÓN: Previsión de las consecuencias de actos futuros mediante la conjunción de un sistema de valores y la visión de las circunstancias de la realidad.

 

DECISION: Obediencia a las órdenes internas. Estilo emocional en la selección de planes y metas. Inhibición de las vacilaciones.

 

AUTODISCIPLINA: Hábitos disciplinados, sentido del deber, ética, cultura, autocontrol de la impulsividad, la espontaneidad y la irreflexión. Acción eficaz. Asimismo, el aplazamiento de la recompensa y el compromiso con vínculos.

 

PERSEVERANCIA: Paciente espera de los resultados, fortaleza y entereza de ánimo para el mantenimiento de la elección y el proyecto.

 

1.  META FINAL: Resultado del impulso inicial o motivo, del sistema sentimental, del programa superior, del sistema de valores, de los mecanismos  de deliberación/decisión, del compromiso, de la entereza y de la virtud de la “paciencia” que posterga lo accesorio, vence las dificultades y da lugar a la ejecución final de lo decidido.

Estas fases se  interaccionan entre sí y todas ellas poseen un hilo conductor: los motivos, las emociones, los valores y la perseverancia.

 

Signología grafológica de la “voluntad”

Debido a lo complejo del mecanismo de los actos volitivos, realizados o no, a las implicaciones filosóficas y al concepto de que la voluntad es también “voluntad imperativa”, se hace difícil presentar un cuadro de “signos”, lo cual intentaremos efectuar en relación con los conceptos elaborados por el autor de El misterio de la voluntad perdida.

Líneas: Rectilíneas que llegan hasta el borde del folio. Escasa fluctuación: rectitud y confianza ”hacia adelante”.

Continuidad: Escritura con buena progresión, ligada, regular y semiangulosa.

·  Presión: Presión vertical plenos y palotes (rectos). Presión horizontal “barras T”, sin excesos en perfiles. Nutrida y/o tónica.

· Orientación: Dextrógira, fluida, semilanzada (barras regulares). Ascendente, ligada. Margen izquierdo existente y regular. También vertical firme.

· Espaciamiento: Buen espaciamiento entre palabras, sin excesos.

· Gestos libres: Puntuación y barras de “t” precisas, centradas y regularmente colocadas.

· Firma: Plusvalorante, bastante ascendente, situada a la derecha del folio.

En resumen, están presentes los signos de “rectitud”, precisión, firmeza, estructuración, organización, homogeneidad, tensión y progresividad.

 

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