Joan Carrera i Dellunder
llibre HISTORIA DE SANTA MARÍA DEL COLLELL.-
LUIS G. CONSTANS, M. D.: HISTORIA DE SANTA MARÍA DEL COLLELL, EDICIÓN CENTENARIO - MCMLIV
LA NUEVA BASÍLICA
La primera vez que el devoto visitante llega al santuario del Collell queda gratamente sorprendido ante el magnífico monumento que le presenta a los ojos la mole del moderno templo románico. Dos factores han obrado tal maravilla: la voluntad de María que inspiró la obra y un amor inconmensurable de sus hijos que se propusieron a todo trance llevarla a cabo.
Érase la noche del 25 de octubre de 1914. Reunido el claustro de profesores con el vicario capitular de la diócesis, Dr. Agustín Vilá, comentábase el hermoso espectáculo de devoción que acababan de presenciar con motivo de la fiesta de la Aparición, cuando de pronto, interpretando un sentimiento que anidaba en el corazón de todos los presentes al darse cuenta de que la vieja iglesia era insuficiente para contener la multitud, el ilustre capitular lanzó la idea de levantar un nuevo templo. La inspirada iniciativa fue acogida con visibles muestras de entusiasmo, y se abrió en el acto la primera lista de suscripción que permitió recoger 25.357 pesetas.
Mas antes de lograr la espléndida realización de este milagro de piedra que ahora contemplamos atónitos ¡cuántos sacrificios hubo que arrastrar!
El entonces rector del establecimiento, el popular Rdo. Corcoy, que no entendía de demoras cuando se trataba de honrar a la Mare de Déu del Collell, ofreció enseguida la obra al arquitecto municipal de Sabadell, D. José Renom, que había estudiado aquí el bachillerato desde 1895 y que, aceptando humildemente la distinción prometio poner al servicio de santa María todas sus facultades.

Dieron el golpe de gracia a la concepci6n genial del arquitecto unos minutos de cielo pasados en el templo albacial de Besalú, morada a la saz6n de la renombrada comunidad benedictina de Encalcat. Andaban en viaje de estudios visitando monumentos románicos él y don Antonio Arcelos, sacerdote benemérito y uno de los profesores más prestigiosos que han leído en las aulas del Collell, cuando el día de San Pedro, a la hora de vísperas, condujo el Señor sus pasos al cenobio bisuldunense. Renom se arrodilla, la salmodia con canto arrobador se desliza dialogando schola y coro, y el incomparable P. Benoit, desde el órgano, subralla la impecable dicción monacal... Terminado el acto sagrado y salidos del templo, el genial arquitecto profundamente conmovido, se dirige a su compañero con mirada suplicante, mientras prorumpe en esta sentidísima exclamaeión: Sublim! sublim, mossen Arcelos! ja veurà quina església més hermosa li farem a la Mare de Déu del Collell!
¿Fue este el momento cumbre de su inspiración? ¡Quien lo duda!
Pero faltaba el material básico: la piedra. La que se había empleado hasta entonces en las obras del santuario era arenisca, y, por consiguiente, de escasa cohesión; la misma torre de campanas, como escribimos más arriba, se levantó con piedra de Gerona. Un día dos profesores del seminario dieron muy cerca de Ventatjol con una piedra de un metro cúbico, de seguro desprendida de un filón del monte. La exploración dió buen resultado: la Providencia había dispuesto en la misma sierra, en una altiplanicie de la vertiente occidental llamada El Forn, la formación de una piedra numulítica, abundante y de excelente cohesión, dura y resistente a los hielos, según pruebas que hizo la Universidad Industrial de Barcelona, y que por su color da a la construcción un agradable tono que armoniza con los montes que sirven de marco al santuario.
El benemérito escultor y fervoroso devoto de la Virgen del Collell don Juan
Carrera, recientemente fallecido, oriundo de la masía Carrera de Mieres y a la
sazón propietario del referido monte, ofreció gratuitamente para el nuevo templo
la explotación de la cantera, situada, por otra parte, a medio kilómetro del
santuario, con grandes facilidades de acarreo. y empezó la empresa,
verdaderamente colosal, de levantar el majestuoso palacio a la Reina de los
cielos, y, como sello de aprobación divina Benedicto XV concedió libenti
animo en 16 de junio de 1915 la bendición apostólica a cuantos contribuyesen
a su erección del templo, cuya primera piedra era solemnemente bendecida por el
obispo de la diócesis, Dr. Mas, el 25 de octubre del mismo año y en presencia de
una ingente muchedumbre, a despecho de las lluvias pertinaces que no cesaron
aquellos días.